La Carrasca, la mujer que nunca envejece

La Carrasca cumple cien años en Ponferrada. Un siglo de mármol, de amor imposible, de exilio voluntario desde Buenos Aires y de una violeta que se perdió por el camino.

Hay estatuas que decoran y estatuas que observan. La Carrasca, la figura de mármol que preside la glorieta entre las calles Ancha y General Vives de Ponferrada, lleva un siglo haciendo lo segundo: mirando. Ha visto llegar la luz eléctrica, el asfalto, los coches, la democracia. Ha visto generaciones de bercianos nacer, crecer y morir. Ha visto, sobre todo, que Ponferrada nunca para. Pero ella sí. Ella siempre está.

Este noviembre de 2026, La Carrasca cumple cien años. Y si la ciudad todavía no lo sabe bien, quizás sea porque llevamos demasiado tiempo pasando por delante sin mirarla de verdad.

“Gota de humilde rocío delicada, sobre las aguas del río columpiada. La brisa de la mañana blandamente, como lágrima temprana transparente…” Enrique Gil y Carrasco — «Una gota de rocío» (1837)

Enrique Gil y Carrasco escribió esos versos con veintidós años, en Madrid, lejos del Bierzo que lo había formado. Los leyó en público su amigo Espronceda, en el Liceo Artístico y Literario, y la ciudad literaria de la capital se rindió a aquel joven del norte que sabía poner en palabras la fragilidad de las cosas bellas. Era 1837. Enrique tenía prisa, aunque no lo supiera: moriría nueve años después, a los treinta y uno, en Berlín, sin haber vuelto a ver las montañas del Bierzo.

La Carrasca es, en cierto modo, el mármol de esa melancolía. Un intento de sus paisanos de retenerlo, de que algo suyo permaneciera aquí cuando él ya no podía.

Una deuda pagada desde el otro lado del Atlántico

La historia de cómo nació esta estatua es, en sí misma, una historia romántica. Corría 1926 cuando la colonia berciana de Buenos Aires —emigrantes, hijos de emigrantes, gente que se fue y no olvidó— decidió costear un monumento para honrar al escritor más universal que había dado el Bierzo. Lo harían a distancia, desde Argentina, con el peso de la nostalgia que solo conocen quienes se marchan.

El diseño corrió a cargo de Arturo González Nieto. La ejecución, en piedra, la realizó el escultor e imaginero José Juan González. Para el mármol eligieron las canteras de Cuevas del Sil —el mismo material que se usó en las escaleras del Palacio Real de Madrid. No era una elección casual: querían que la piedra berciana hablara por sí sola, que el Bierzo se reivindicara en su propio monumento.

El 10 de octubre de 1926, La Carrasca llegó a su primera casa: la Plaza de la Encina. Ponferrada tenía entonces apenas dos esculturas públicas en toda la ciudad. La figura femenina de mármol fue, durante años, casi la única testigo de piedra del pulso cotidiano de la capital berciana.

El rostro de Juana

La estatua no representa a Gil y Carrasco. Lo representa a él de una manera más íntima y más literaria: representa a su musa. La tradición recoge que el rostro de La Carrasca fue inspirado en Juana Baylina, la mujer a quien el escritor amó y no pudo tener. Un amor de esos que no tienen final feliz pero que sí tienen, a veces, un monumento de mármol.

Gil y Carrasco construyó su obra entera sobre esa misma tensión: la belleza de lo que se pierde, el peso de lo que no pudo ser. En El Señor de Bembibre, su gran novela, los amores de don Álvaro y doña Beatriz también están condenados desde el principio. Como él. Como Juana. La Carrasca, entonces, no es solo una figura decorativa: es el símbolo de una vida entera dedicada a la melancolía fértil.

“Yo vi en mi infancia descollar al viento de un castillo feudal la altiva torre, y medité sentado a su cimiento sobre la edad que tan liviana corre.” Enrique Gil y Carrasco — «Un recuerdo de los templarios»

Esos versos los escribió pensando en el Castillo de Ponferrada. El castillo de Ponferrada, no muy lejos de donde hoy se levanta La Carrasca. Una ciudad que inspiró a un escritor que inspiró una estatua que observa esa misma ciudad. El círculo es perfecto, y perfectamente romántico.

Tres casas en un siglo

La Carrasca no ha sido nunca una estatua quieta. Ha viajado —dentro de la misma ciudad, pero ha viajado— con una paciencia de mármol que es, también, una forma de dignidad.

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Su primera ubicación fue la Plaza de la Encina, donde permaneció hasta alrededor de 1940. Entonces, con las obras de pavimentación de la plaza como pretexto oficial —y con el clima político de la posguerra como trasfondo real— fue trasladada al Parque del Plantío. Allí estaría décadas, integrada en la vida cotidiana del parque, hasta que a finales del siglo XX se le buscó un nuevo emplazamiento: la glorieta entre las calles Ancha y General Vives, donde hoy recibe a quienes entran a Ponferrada desde la avenida de Astorga.

Antigua postal de Ponferrada
Antigua postal de Ponferrada

En ese último traslado ganó una fuente. Pero también perdió algo. La base del conjunto original, tallada en forma de violeta —la flor que fue el emblema personal de Gil y Carrasco, el símbolo de su vida breve y perfumada— no fue trasladada. Se quedó en el Plantío. Como una pieza de un puzle que nadie terminó de recoger.

Hoy, si alguien quiere ver La Carrasca completa, tiene que hacer dos paradas. El cuerpo, en la glorieta. El alma —esa base de violeta— en el interior del parque, sola, sin que casi nadie sepa que está ahí.Eso si, solo le separa un centenar de metros.

Lo que el mármol sabe

Hay algo que las estatuas hacen mejor que los libros de historia: recordar sin opinar. La Carrasca ha visto el Ponferrada del carbón y el del desempleo, el de las plazas llenas de fiestas y el de los comercios cerrados, el de los que se quedan y el de los que se van —como fue siempre el Bierzo, tierra de paso por el Camino de Santiago, también tierra acogedora y también tierra de partir.

Ha visto también que el tiempo trata de manera diferente a los que tienen nombres y a los que no los tienen. Arturo González Nieto, que firmó el diseño, aparece en los archivos. José Juan González, el escultor que labró el mármol con sus manos, también. Pero los hermanos Miguel y Pepe —hijos de David Monteagudo, quienes trabajaron la piedra en las canteras de Cuevas del Sil— son apenas una nota al pie. Y Manuel Vilas, el maestro cantero de la calle Real que ensambló la estatua en su emplazamiento original, es casi un fantasma. La historia oficial tiene sus jerarquías. El mármol, no.

“También nos queda un cristalino río que allá en su juventud azul y puro velaba con vapores y rocío el yerto pie de su gigante muro.” Enrique Gil y Carrasco — «Un recuerdo de los templarios»

Gil y Carrasco escribió sobre la permanencia de los ríos frente a la caída de los imperios. Habría entendido, quizás, que su musa de mármol hiciera lo mismo: permanecer cuando todo lo demás cambia.

Cien años y una pregunta

Este otoño, el Ayuntamiento de Ponferrada se propone conmemorar el centenario de La Carrasca. El alcalde, Marco Morala, ha dicho que la figura es “más que un símbolo”. Tiene razón, aunque quizás no por las razones que imaginamos.

Base de la estatua original en el Plantío, hoy monumento a las víctimas del COVID-19

La Carrasca es más que un símbolo porque es un argumento. Un argumento sobre lo que significa querer a un lugar desde lejos —como hicieron los bercianos de Buenos Aires—, sobre lo que significa honrar a un escritor muerto joven y lejos de casa, sobre lo que significa una ciudad que crece sin acabar de mirarse a sí misma.

Cien años. Tres ubicaciones. Un trozo de base de violeta olvidado en un parque. Una musa sin nombre oficial. Un escritor que murió a los treinta y uno en Berlín soñando con el Bierzo. Y una figura de mármol blanco que sigue ahí, imperturbable, mientras Ponferrada pasa por delante.

La próxima vez que pases, para un momento. Mírala de verdad. Quizás ella también quiera saber cómo te ha ido.

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La Carrasca fue inaugurada el 10 de octubre de 1926 en la Plaza de la Encina de Ponferrada. En noviembre de 2026 cumple cien años. El mármol es de Cuevas del Sil. La violeta que sirvió de pie a la estatua sigue en el Plantío.

Alberto Tascon
Soy Alberto Tascón, responsable del contenido de Ponferradahoy. De profesión comunicador, con una extensa carrera en Cadena SER, 40 Principales, El País y Prisa Digital, también DJ y 'otras zarandajas' durante muchos años. Especializado en los últimos tiempos en el bienvivir, sin ser un crítico gastronómico, intento contar a los lectores aquello que creo que puede ser interesante gastronómicamente en Ponferrada, El Bierzo y a veces de cualquier punto del mundo. Me gusta hablar de planes y ocio en Ponferrada y la comarca del Bierzo, eventos, música, actividades para todos etc...También de sitios que visitar, rutas interesantes etc.