Ponferrada despide a una de sus figuras más singulares del pequeño comercio: Araceli Barra, propietaria durante décadas de Retales Araceli, falleció el pasado 17 de agosto a los 96 años, dejando tras de sí una historia de tesón que atravesó casi un siglo de vida ponferradina.
Nacida en Narayola en los años previos a la Guerra Civil, Araceli creció en una familia humilde, en un tiempo que no perdonaba la debilidad. De aquella infancia dura nació, sin duda, el carácter firme y el espíritu luchador que la acompañarían toda su vida. Se inició en el mundo de la costura como tantas mujeres de su generación, en una academia, pero pronto sintió que aquello se le quedaba pequeño. Su ambición no cabía en las cuatro paredes de un aula.
Así que, siendo aún joven, hizo lo que hicieron miles de españoles de su tiempo: emigró. Se marchó a París, y allí, entre agujas, patrones y telas, perfeccionó un oficio que ya llevaba dentro. Fueron años decisivos: llegó a coser en los talleres que confeccionaban y arreglaban prendas para Chanel, una experiencia que afinó su ojo y su técnica hasta convertirla en una verdadera maestra del patronaje.
A mediados de los años 70 regresó a su tierra. Con toda su familia se instaló en Ponferrada, en la calle Mateo Garza, donde abrió lo que en un principio era una simple combinación de costura y venta de telas. Pero Retales Araceli se convirtió pronto en algo mucho más grande: un punto de encuentro femenino en una ciudad donde no existían los centros cívicos y los bares eran, casi sin excepción, territorio de hombres. Allí, entre rollos de tela, generaciones de mujeres ponferradinas encontraron también conversación, consejo y compañía.
Araceli, hábil como pocas con los patrones, ideó un sistema que hoy podríamos llamar revolucionario: cortaba ella misma las telas según sus propios patrones y vendía el vestido en forma de kit, listo para coser en casa. Un Ikea del textil, décadas antes de que existiera el concepto. Cuando llegaba la revista alemana Burda con sus patrones y sus cortes europeos, más atrevidos y modernos, las dudas de las clientas siempre encontraban respuesta en Araceli y su equipo.
Mientras tanto, en la plaza interior de la calle Mateo Garza, sin apenas luz y con charcos permanentes, los hijos de aquellas clientas mataban el tiempo jugando, en una época en la que los coches todavía escaseaban en las calles. Muchas tardes terminaban con una compra en Vivodist, a pocos metros de allí, uno de los supermercados de referencia de los ochenta junto a Cenco.

El negocio no dejó de evolucionar. Orlando, su hijo, se incorporó con una mirada más expansiva, viajando hasta las fábricas del cinturón textil de Barcelona en busca de nuevas oportunidades. Fue entonces cuando, un día cualquiera, un tráiler se detuvo frente a la tienda de la calle Mateo Garza para descargar balas de tejido: retales que la industria automatizada no podía aprovechar, rollos de fin de temporada que Orlando Jr. había sabido localizar. Aquello disparó la tienda a un nivel que parecía imparable.
Pero llegó Inditex, y con ella el declive progresivo de la costura casera. Una vez más, el carácter de Araceli se impuso: reconvirtió el negocio hacia la venta de telas para tapicería, una apuesta que permitió a Retales Araceli sobrevivir hasta diciembre del año pasado, aunque ella, por motivos de salud, ya se había apartado del día a día años antes, dejando el testigo en manos de la persona que llevó el negocio hasta su jubilación.
Se va así una de las leyendas silenciosas del comercio local ponferradino, de las que no reciben premios por su valentía y empuje, alguien que convirtió una tienda de telas en un espacio de encuentro, de aprendizaje y de sororidad antes de que esas palabras estuvieran de moda.
Araceli Barra fue viuda de Manuel Orlando y madre de Raquel, Orlando y Margarita, y abuela de Rubén y Martina. Descanse en paz.





