* Reportaje basado en la obra «El final del Señorío en Cabañas (1800-2015)», de A. Guerra Mallo (Liti)
Cabañas Raras celebra este sábado una cena y homenaje a las asociaciones culturales del pueblo, una cena de hermandad entre los vecinos para celebrar lo que ocurrió hace ya 166 años, Las últimas entradas se pueden adquirir en el Ayuntamiento. Y es que hay fechas que no aparecen en los grandes libros de historia, pero que lo cambian todo para quienes las vivieron. El 5 de mayo de 1860 es una de esas fechas. Ese día, en la villa de Cabañas Raras —también llamada del Portiel de D. Fernando—, un puñado de vecinos humildes firmaron un documento que pondría fin a siglos de servidumbre. No con las armas, no con una revolución. Lo hicieron a su manera: juntando lo poco que tenían, hipotecando sus casas y sus tierras, y comprando su propia libertad.
Cuatrocientos años de espera
Para entender la magnitud de aquel acto, hay que retroceder en el tiempo. Durante más de cuatro siglos, los habitantes de Cabañas Raras habían vivido bajo el yugo del Señorío de Arganza. Trabajaban haciendas que no eran suyas, construían casas con sus propias manos en terrenos ajenos, y debían obediencia y rentas al señor de turno. No eran dueños de nada. Ni siquiera de su propio destino.
La situación era de una miseria absoluta. De su trabajo apenas sacaban lo suficiente para subsistir. Y sin embargo, en algún momento de ese siglo XIX convulso y esperanzador, algo cambió en el ánimo colectivo del pueblo. Surgió una idea tan audaz como descabellada: comprar el señorío.
Una operación por encima de sus posibilidades
Los vecinos de Cabañas no podían adquirir las tierras de quienes durante siglos habían sido sus dueños y señores. El destino, sin embargo, les brindó una oportunidad inesperada. Las propiedades del señorío habían pasado a manos de doña María Concepción Pérez de Ucieda, viuda vecina de Villafranca, quien las había adquirido en Valladolid el 21 de julio de 1859 al último heredero del Señorío de Arganza, don José Valledor y Vivero.
Fue a ella a quien los representantes del pueblo se dirigieron. Y fue ante el escribano de Ponferrada, a falta de escribano en el propio pueblo, donde se formalizó el acuerdo: 120.000 reales de vellón era el precio pactado por todos los derechos territoriales que correspondían al término de Cabañas.
Una cifra colosal para aquellas gentes. Entre todos, solo pudieron pagar al contado veinte mil reales —la sexta parte del total— en monedas de oro y plata. Los cien mil reales restantes quedaron aplazados en cuatro pagos iguales de veinticinco mil reales, a satisfacer cada mes de mayo de los años 1861, 1862, 1863 y 1864, con un interés del seis por ciento en caso de demora.

Hipotecar el techo para ganar el horizonte
Para garantizar el pago de la deuda, cada familia hipotecó lo único que tenía: su casa, sus fincas, sus tierras. La escritura enumera uno por uno los bienes comprometidos — la casa de Leandro Marqués en el barrio de Arriba, la de Melchor Corral, la de Francisco Pintor, la de Pedro Marqués, la viña de Francisco López en la corrada del Tablón… propiedades modestas, linderas con caminos públicos y tierras de vecinos, pero que eran todo lo que aquellas familias poseían en el mundo.
Los compradores se obligaron mancomunadamente — es decir, todos por todos — a responder de la deuda. Si uno no podía pagar, los demás cubrirían su parte. Era un pacto de solidaridad colectiva tan profundo como el propio acto de compra.
Los nombres de los héroes
La escritura recoge los nombres de quienes aceptaron la operación en nombre de todos sus convecinos. No eran nobles ni letrados. Eran labradores, jornaleros, gente del campo con apellidos que todavía resuenan en el valle del Bierzo:
Leandro Marqués, Francisco del Puerto, Melchor Corral, Francisco Pintor, Francisco y Pedro Marqués, Francisco López, Celedonio García, Santiago López, Manuel y Agustín Marqués, Antonio Marqués, Lucas Marqués, Nicolás y Pascual García, Felipe, José y Leandro del Puerto, Santiago Guerra, Fernando Nistal, Manuel y Bernardo Sánchez, Juan Antonio López, Sebastián y José Marqués, Carlos, Manuel y Andrés Marqués, Pascual, Manuel y Marcelino García, Benito, Marcos y Bonifacio del Puerto, José López y Francisco González.
Cada uno de ellos firmó — o estampó su rúbrica — aquel 5 de mayo. La última hoja de la escritura es un testimonio conmovedor: algunas firmas son elegantes y seguras; otras, trazos torpes de quien apenas sabía escribir su nombre. Pero todas dicen lo mismo: aquí estoy, me juego lo que tengo, quiero ser libre.

Más que tierras: también los comunales
La compra tuvo además una dimensión que iba más allá del simple negocio. Junto con las tierras del señorío, los vecinos recuperaron para su disfrute todos los terrenos comunales por los que tan largamente habían luchado: aquellos pastos y montes que los señores habían intentado cobrarles como si fueran propios, cuando en realidad pertenecían a la Corona y habían sido apropiados indebidamente en el Apeo de 1726.
La señora vendedora, eso sí, se reservó para sí la casa que había pertenecido a los señores de Arganza, situada en el Barrio de Santa Ana —hoy conocido como Santana—, así como los derechos de presentación del curato. Lo demás era, por fin, del pueblo.
Una libertad que costó cara, pero que valió más
Era tan grande el deseo de ser libres que a aquellos vecinos tampoco les importó hipotecar los bienes que tenían, presentes y futuros, mientras no terminaran de saldar la deuda. Sabían que los plazos serían duros. Sabían que el escribano vendría a buscarles si no pagaban. Y aun así, firmaron.
Comportándose, como señala el propio libro, como auténticos héroes — considerando las limitaciones económicas de la época y que apenas obtenían de su trabajo lo suficiente para subsistir — los habitantes de Cabañas Raras demostraron que hay cosas que no tienen precio. O más bien, que tienen uno muy concreto: 120.000 reales de vellón, pagados con el sudor de varias generaciones y la valentía de una tarde de mayo.
Un legado para la memoria
Hoy, más de ciento sesenta años después, aquella escritura conservada en el Archivo Histórico Provincial de León (A.H.P.L., caja 2754-Ponferrada) sigue siendo el documento fundacional de la libertad de Cabañas Raras. Un pueblo que no esperó a que nadie le diera la libertad. Que fue, con lo poco que tenía, a comprarla.
La historia de Cabañas Raras nos recuerda que el heroísmo no siempre tiene el rostro de quien empuña una espada. A veces tiene el de quien firma un papel con mano temblorosa, sabiendo que acaba de hipotecar su casa para que sus hijos crezcan sin señor.
Fuente: A. Guerra Mallo, «El final del Señorío en Cabañas (1800-2015)», Ponferrada (León). Escritura de compraventa original: Archivo Histórico Provincial de León, c 2754-Ponferrada.




