He dejado pasar una semana antes de publicar este artículo de opinión. Vaya por delante que no soy amigo de Ángel Escuredo: nos conocemos y tenemos una relación cordial y de respeto mutuo. Este año, el festival Planeta Sound ha incrementado notablemente su asistencia, y eso me ha alegrado un montón. No por él —que también—, sino por la ciudad, por la comarca, por la marca Ponferrada, que, gracias a una iniciativa privada, sale reforzada.
En la primera edición, este medio hizo un llamamiento a darle mayor relevancia y apoyo a este festival, sobre todo desde las instituciones. Hoy, la Denominación de Origen Bierzo se ha incorporado de una forma casi indivisible con el festival, el Ayuntamiento parece haber ofrecido este año un apoyo mayor que en anteriores ediciones, y otras empresas locales o afincadas en la comarca se han dado cuenta del peso y la repercusión que tiene la celebración de Planeta Sound en la ciudad.
Y ahí está Ángel: callado, de un lado para otro durante el festival; y durante los otros 362 días del año, escudriña, investiga y escucha. Siempre está abierto a las propuestas —obviamente la decisión final del cartel es suya y de sus socios, que son quienes ponen el dinero—, pero cuando se le proponen ideas, las escucha y da su opinión. Escuredo no es un hombre de la música, aunque ha coqueteado con ella en diferentes ocasiones, pero me consta que se siente berciano, y que más allá del negocio —que también lo es— rema por su tierra y pone su granito de arena en el bien común.
Da mucha rabia escuchar comentarios negativos sobre el evento. Entiendo a los vecinos del entorno y sus quejas, pero frente a las molestias por el ruido durante los tres días de celebración, están también los “Ponferrada está muerta”, “la ciudad está fatal” y demás opiniones que no suman, sino que restan. Tengamos cabeza: me consta que ha habido cantos de sirena desde la capital de la provincia para celebrar allí el festival, y ha sido este hombre silencioso y callado el que se ha negado, convencido del potencial de su tierra. Y el tiempo le está dando la razón. Hay algo en Planeta Sound que lo hace especial, y ese algo somos todos nosotros: nuestra tierra y nuestra gente.
El festival se ha convertido en una cita imperdible, y no solo para los visitantes, que encuentran un festival pequeño pero bien organizado, una opción veraniega de interior donde disfrutar no solo de la música, sino del entorno y de la gente. También es una cita para los propios lugareños, que se acercan a modo de quedada: unos de postureo, otros con su pandilla, otros con sus hijos —haciendo que estos, casi sin darse cuenta, acaben amando la música.
La organización ha mejorado. En la primera edición se formaron colas para comprar “pavos” y las barras se quedaron cortas; ha habido algún desajuste más, pero poco a poco todo se ha ido puliendo hasta conseguir que funcione como un engranaje casi perfecto. Se puede discutir sobre el cartel, sobre si el “indie” está sobresaturado… pero mientras otros festivales van a menos, o directamente desaparecen, el nuestro crece.
Por algo será.



