Como manda la tradición desde hace siglos, Ponferrada despertó ayer con el sonido rítmico y constante de una pequeña campana. El Lambrión Chupacandiles, la figura más singular y antigua de nuestra Semana Santa, recorrió las calles del casco antiguo y los barrios de la ciudad para anunciar a los bercianos que la Pasión ya está aquí.
Vestido con su túnica de gala negra, sencilla y sin adornos, y oculto tras un verdugo que apenas dejaba ver sus ojos, este nazareno de la Real Hermandad de Jesús Nazareno cumplió una vez más con su misión de pregonero popular. Su figura es el primer contacto real de la ciudad con los días grandes que se avecinan.
Un nombre con sabor a leyenda
El apodo de este personaje, “Lambrión Chupacandiles”, es una de las señas de identidad más queridas del Bierzo. Cuenta la tradición que, antaño, el nazareno que realizaba esta tarea aprovechaba las paradas en las tabernas y casas para “lamber” (lamer) los restos de aceite de los candiles o degustar los caldos locales, lo que acabó bautizándole con este nombre tan pintoresco que une la devoción con la picaresca popular.
El recorrido de la tradición
Ayer, el Lambrión no estuvo solo. A su paso, grupos de niños y curiosos le acompañaron durante kilómetros, respondiendo al sonido de su campana con el respeto y la expectación que merece un símbolo que ha sobrevivido al paso del tiempo.
Su itinerario no solo sirve para avisar a los fieles, sino que actúa como un recordatorio vivo de la importancia de conservar las raíces. En una ciudad que crece y se moderniza, ver al Lambrión avanzar por la Calle del Reloj o la Plaza del Ayuntamiento nos devuelve por un momento a la Ponferrada de nuestros abuelos.


















