Con mucho serrín y salvado, los ‘diaños’ tomaron ayer sábado las calles de Ponferrada para abrir el Carnaval en la ciudad con el tradicional Entroido. Desde la parte baja hasta la alta, estas figuras ancestrales recorrieron el casco urbano entre el estruendo de trompetines y cornetas, recuperando una de las mascaradas de invierno más singulares de la comarca.
Vestidos con harapos, cuernos al viento y rostros pintados de rojo y verde, los diablos llamaron a la algarada y la ‘troula’ durante todo el recorrido. Con sus muecas y aspavientos no dudaron en asustar a los viandantes, a los que arrojaron serrín y salvado desde los improvisados orinales que, a modo de bandolera, portaban para lanzar sus proyectiles.
Este año, sin embargo, hubo una ausencia notable: los huevos. “No solo porque manchan mucho, sino porque están muy caros”, explicaba un portavoz de la agrupación que cada año se encarga de escenificar esta tradición en la plaza del Ayuntamiento, justificando así el cambio de munición en esta edición.
La comitiva realizó una parada junto al Castillo de los Templarios, donde los ‘diaños’ posaron para una fotografía de familia antes de continuar su recorrido hacia la plaza de la Encina. El momento álgido de la jornada llegó al atardecer, cuando los componentes de la comparsa se reunieron alrededor de la hoguera donde ardía el monigote de paja.
Esta figura, que durante toda la tarde había sido paseada sobre un burro, representa los vicios y todo lo malo que, según la tradición, acaba purificado por el fuego. Una frenética danza circular alrededor del muñeco precedió a su encendido, ejecutado por el representante principal de la comparsa. El resto de componentes se sumaron entonces acercando ‘fachizas’ —teas de paja seca— que, a modo de antorcha, convirtieron en llamas el monigote mientras continuaban dando vueltas a su alrededor en un ritual que se pierde en la noche de los tiempos.
La música tradicional de gaita, pandereta y tamboriles acompañó todo el festejo, que marca el inicio del programa de Carnaval en la capital berciana. Una tradición recuperada hace ya algunas décadas que, un año más, demuestra la fuerza de las mascaradas de invierno en la provincia.









