Hoy jueves 12 de febrero de 2026, a las 13 horas, tras sonar la sirena que daba el último aviso antes de la demolición, las dos grandes chimeneas de la central térmica de Compostilla II en Cubillos del Sil dejaron de formar parte del paisaje berciano. La voladura controlada de estas estructuras ha marcado algo más que el final de una infraestructura industrial: simboliza el cierre definitivo de la era del carbón en El Bierzo.
Durante décadas, sus siluetas —de casi 300 metros de altura— dominaron el horizonte. Eran visibles desde kilómetros de distancia, una referencia constante para quienes crecieron bajo su sombra. No eran solo torres de evacuación de gases: eran la representación física de un modelo económico que sostuvo a miles de familias durante buena parte del siglo XX.
El nacimiento de un gigante energético
La central térmica de Compostilla II comenzó a construirse a finales de los años sesenta y entró en funcionamiento en 1972, ampliándose posteriormente hasta alcanzar una potencia instalada cercana a los 1.340 megavatios. Era la heredera de la primera Compostilla y una de las grandes apuestas energéticas del país en plena expansión industrial.
Su función era clara: transformar el carbón extraído en las cuencas bercianas y lacianiegas en electricidad. El mineral llegaba desde las explotaciones mineras que durante décadas dieron empleo a la comarca, alimentando las calderas que generaban vapor y movían las turbinas. Las altas chimeneas dispersaban los gases resultantes de la combustión tras los procesos de filtrado, mientras las torres de refrigeración —derribadas en agosto de 2023— formaban parte del sistema de enfriamiento.
El siglo del carbón
Para entender lo que significa su desaparición hay que retroceder al siglo XX. El Bierzo fue durante décadas una de las principales cuencas carboneras de España. Desde principios del siglo pasado, y especialmente tras la Guerra Civil, la minería se convirtió en el gran motor económico de la comarca.
En los años de mayor actividad, miles de mineros trabajaban en galerías subterráneas y explotaciones a cielo abierto. El carbón no solo generaba empleo directo, sino que sostenía una red de talleres, transportistas, comercios y servicios vinculados a la actividad extractiva. Pueblos enteros crecieron alrededor de la mina. La identidad berciana quedó profundamente ligada al carbón y Cubillos del Sil a la Central Térmica de Compostilla II, bajo cuyas chimeneas los vecinos se acostumbraron a vivir y a las que desde hoy echarán de menos.
La construcción de Compostilla II reforzó ese vínculo. La minería tenía así garantizada una salida estable para su producción. Carbón y central formaban un binomio inseparable: uno no se entendía sin el otro.
Declive y cierre
A partir de los años noventa comenzó un declive progresivo. Los cierres de las explotaciones mineras, unidos a las exigencias medioambientales, la competencia de energías más baratas y los cambios en la política energética europea fueron reduciendo el protagonismo del carbón.
El cierre definitivo de la central se produjo el 30 de junio de 2020. Fue el final oficial de la producción eléctrica con carbón en Compostilla II. Desde entonces, el complejo ha entrado en un proceso de desmantelamiento por fases. Primero fueron las torres de refrigeración y otras estructuras auxiliares. Ahora, con la demolición de las últimas grandes chimeneas, desaparece el elemento más visible del complejo industrial.
Las cifras de un símbolo
Durante casi medio siglo de actividad, Compostilla II fue una de las mayores centrales térmicas del noroeste peninsular. Con cinco grupos de generación en distintos momentos de su historia y más de 1.300 megavatios de potencia instalada, llegó a abastecer de electricidad a millones de hogares.
Pero más allá de los datos técnicos, su impacto fue social. Generó empleo directo e indirecto, sostuvo economías familiares y moldeó el paisaje urbano e industrial del entorno de Ponferrada y Cubillos del Sil.
Lo que cae no es solo hormigón
Las chimeneas que han caído este mediodía medían cerca de 270 y 290 metros. Eran de las estructuras industriales más altas de España. Durante décadas expulsaron humo, vapor y también una sensación de prosperidad en tiempos en los que la minería representaba estabilidad.
Su desaparición es el reflejo físico de una transición energética que ya es irreversible. Donde antes había carbón, hoy se habla de energías renovables, reconversión industrial y nuevos modelos económicos. Aunque los prometidos planes de transición no acaban de atraer inversiones y empleo alternativo y la memoria del carbón sigue muy presente en la comarca.
Y con la caída de las chimeneas, ha caído también el último gran símbolo de un siglo en el que el carbón fue mucho más que energía: fue identidad, trabajo y forma de vida.





